[el querer no tener nada mío]
"Entropía de hogar, dulce hogar".
La explicación de este chiste (o tragedia cotidiana) radica en la tensión entre el orden instituído de la arquitectura doméstica y el devenir instituyente del habitante que se niega a doblar los calcetines.
La silla del dormitorio no está desordenada; es un dispositivo de almacenamiento dinámico en constante movimiento. Si la física dice que el universo tiende al caos (segunda ley de la termodinámica), ordenar la casa es un acto de rebeldía contra las leyes del cosmos. Mantener la taza de café de ayer sobre el escritorio es, en realidad, respetar el flujo natural del devenir deleuziano. El polvo no es suciedad, es el estrato social que se incrusta como permanente.
La ecuación sociológica-doméstica opera así:
Una ordinariez estética, matemática, pero completamente justificada en la dimensión de la flojera existencial.
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